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[Azkaban] El octavo mandamiento || Autonarrado

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[Azkaban] El octavo mandamiento || Autonarrado

Mensaje por Pansy Parkinson el Mar Sep 09, 2014 1:58 pm

Azkaban
Diciembre de 1998


“Ave María Purísima: me acuso de ser yo por todas partes. O sea, de querer ser siempre otra. Y hasta peor, conseguirlo, ¿ajá? Me acuso de bitchear, witchear…”
Diablo Guardián, Xavier Velasco

Afuera nieva como si el mundo quisiera expresar su tristeza y compartirla. El lugar está desolado y olvidado completamente, porque nadie quiere venir y ver su vergüenza a los ojos; les causa pena, no les da lástima, nadie quiere que lo relacionen con presos y asesinos. Yo intento dibujar en mi cara una sonrisa de superioridad pero lo único que queda es una mueca de desagrado cuando entrego la varita en la entrada. Por supuesto que no puedo tener una varita si voy a visitar a mi padre, por supuesto que podría ocurrírseme liberarlo, por supuesto… Claro que nadie piensa que sólo tengo dieciocho, que no sé hacer magia negra y que las protecciones de Azkaban son a prueba de todo, porque ya no hay dementores.

Y a pesar de eso sigue siendo un lugar tan putrefacto como siempre. Es la primera vez que estoy allí desde el juicio, desde la sentencia. Antes de que pudiera ir a visitar a Azkaban mi madre me mandó a Hogwarts sin retorno. Por lo que sé, tampoco ella ha ido a verlo. ¿Quién, con sentido común, quiere mirar su desgracia a la cara? Mi madre asegura que no sabía nada, pero se hace pendeja. Todos lo sabíamos desde el momento en qué empezó la guerra. Mi padre se cuido mucho de decirlo antes, pero con la guerra y el ministerio en manos de su bando, ¿quién no se enorgullecería de lo que había hecho?

Yo siempre pensé que los slytherins escogíamos las batallas qué íbamos a ganar, pero hay cosas que desafían a la lógica y mi padre perdió su batalla. Yo sólo perdí con Draco, pero de manera tan estrepitosa que caí desde el último piso al suelo y tuve que armar mis pedazos y mirarme al espejo y descubrir en qué clase de escoria me había convertido. No he dejado de serlo.

Llevo una túnica negra de esas que harían a Zabini sonreír y decir algo como: “¿quién lo diría, Parkinson?, así hasta pareces decente”. Siempre tan sincero, el desgraciado. Pero es la única persona que me hace caso en el mundo sin la necesidad de que me desnude ante él. El guardia me lleva hasta la celda y repaso el guion que ya escribí y reescribí en mi cabeza con una sola consigna: no mentirás.

La puerta se abre y el guardia me indica que no tengo mucho tiempo, pero entonces me quedo mirándolo. Demacrado, con el uniforme de un preso. Acabado y con barba de casi dos semanas, los ojos hundidos y el aspecto cansado. Todo lo que nunca fue —y lo que nunca quiso ser—, está frente a mí en ese momento. ¿Por qué se unió a los mortífagos? ¿Por qué no se conformó con estar en otra línea? ¿Con apoyarlos desde otro lugar? Matar nunca fue lo suyo, quizá, pero allí está. El señor Parkinson, como le llamaban todos los hombres que pasaban, de túnica negra y maneras aristocráticas, por su despacho.

Hola, papá —lo miro a los ojos, con la mirada dura. Siempre he querido cuestionarle todo lo que hizo y la manera en que nos arrastró con él. Llevo seis meses acumulando rencores contra todo el mundo y deseos de venganza contra otros tantos. De repente todo el mundo parece haberme dado la espalda y yo no tengo nada que hacer.

Pansy… No creí que vendrías.

Aquí estoy —me encojo de hombros, observando el lugar. Una letrina asquerosa que me hace fruncir la nariz en una esquina y un catre en la otra, además de suelo y suciedad. Penoso. Pero supongo que eso considera el ministerio que se merecen: nada más que la desgracia por los siglos de los siglos—. Arruinaste a toda la familia —comento, torciendo la boca. ¿Qué espera que muestre? ¿Lástima? Quizá antes, antes de que pasara tanto tiempo sin verlo pero sabiendo que estaba allí. Las lágrimas que tenía que derramar ya las derramé en la almohada y ahora sólo me queda la cáscara vacía y el rencor puro de lo que alguna vez fui—. ¿Lo pensaste alguna vez? ¿Lo que perderías cayendo de tan alto?

Pansy… —repite, se ve patético—. Sólo quería lo mejor.

¿Para quién? ¿Para ti? ¿Para mí? ¿Para el mundo?

No sé qué decir. ¿Qué esperaba encontrar? Si me hundo en sus ojos sólo consigo ver la derrota más absoluta y reconozco que no ha podido reconstruirse, que no ha podido juntar los pedazos del mortífago que lo perdió todo. Ya no reconozco a mi padre.

Para… todos… —murmura.

Pero el enemigo era más fuerte, siempre lo fue… —suspiro—. Si el enemigo tiene apoyo, ganará. Harry Potter —salen las palabras casi escupidas— inspiraba amor, El Señor Tenebroso sólo miedo. —Hago una balanza con las manos, subiendo una parte y bajando una—. ¿Qué pesa más papá? ¿El amor o el miedo? ¿Nunca te lo preguntaste? ¿Nunca pensaste qué pasaría si perdías? ¿Qué mierda pasaría yo? ¿Mi madre? ¿En qué estercolero acabarías? Hubiéramos estado bien si al menos no hubieras decidido tatuarte tus convicciones a fuego.

Quería lo mejor para ti… —intenta alegar, y le creo.

Pero ya no hay un mejor para mí. Soy una bomba de relojería y, cuando explote, quiero llevarme a todo el mundo por delante. Explotar y dejar en cenizas el mundo. No quiero nada más.

Ya no hay mejor para nadie —le digo—. Ya sólo hay rencor, venganza, algo a lo que agarrarse para no morir —me encojo de hombros, quitándole importancia a todo lo que digo—. Una batalla que de todos modos está pérdida por adelantado —continúo, aunque trata de interrumpirme—, así que, ¿por qué no arrastrar a otros al infierno?

Pansy… ¿qué planeas? —me pregunta, con la boca medio abierta por la sorpresa.  

Me río, mientras me doy la vuelta antes de salir por la puerta, para dejarlo a sus anchas en aquel estercolero. Lo quiero, claro, sigue siendo mi padre, pero no soporto verlo de esa manera, no quiero enfrentarlo más, no quiero constatar el patetismo que lo rodea. Recuerdo lo que me prometí a mí misma antes de ir a visitarlo: no mentirás.

Destruir el mundo.

Si lo cuenta, de todos modos creerán que está loco.





Yeah, I'm a f*cking b*tch:
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Pansy Parkinson
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